Suena el teléfono, otra vez tú. Lo cogo. Me dices que llevas varios días llamándome y que por qué no lo he cogido antes. Pongo una escusa tonta. Todo te va genial, tu familia, tus amigos, tu trabajo... me alegro por tí pero en realidad no me preocupa demasiado. Preguntas por mí; te miento. No es que no confíe en ti, simplemente no me apetece hablar, empezar a dar explicaciones de por qué las cosas son así, y aunque lo hiciera siento que no iba a arreglar nada. Lo siento. Algún día, cuando todo esto haya pasado nos sentaremos, tomaremos un café, charlaremos, y quizás entonces te lo cuente todo. Mientras tanto no me lo hagas más difícil de lo que es.
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